Mi cara y mi cruz manejadas por una niña de seis años
con pecas.
La niña odia sus pecas,
pero ignora que acabará amándolas.
Tiene una daga en la mano con la que me apuñala
y me abre el pecho
cuando no puedo respirar
y me recuerda que la vida pueden ser sólo suspiros.
Hace sol en pleno invierno
y mi niña quiere jugar
pero mi adulta le para y le dice que ya está bien
toca crecer.
Mi niña tira una moneda al aire
y le da al pause un momento
no está preparada para ninguno de los lados.
Hace tiempo alguien le dijo que debía elegir
y desde entonces está más perdida que nunca.
A veces me mira a los ojos
y me pregunta por qué me hago esto.
Me dice que me acuerde de ella
que le dé un abrazo de vez en cuando
que nada reconforta más que un abrazo a una misma.
Que no me abandone a mí
que sería abandonarla también a ella
y nada hay más injusto
que dejar a una niña sola
olvidada.
Ojalá pudiera olvidar tantas cosas y simplemente obedecer a la niña.
A veces me miro a mí misma de reojo
y me prometo cambiar
no puedo ser siempre las pinchas
aunque sea cactus.
Las pinchas han de ser para el que toca
sin permiso
nunca hacia mí.
Mi niña de seis años vuelve a tirar la moneda
y me mira directamente a los ojos
quiere que le prometa que no volveré a ser muro
ni jaula
y que salga el lado que salga
voy a seguir ahí.
Yo le digo que sí
y miro para otro lado.
Tengo tanto miedo que no puedo mantenerle la mirada
ni las convicciones.
No soy apta para ningún mantenimiento
pero siguen confiando en mí
asi que sólo me queda confiar en la niña.
Que a fin de cuentas,
los niños siempre dicen la verdad.