“Inmortal Afrodita de bien labrado trono,
[…], yo te imploro, con angustias y penas
no esclavices mi
corazón, Señora”
Safo
- Pero, ¿por qué no me lo has contado antes? O sea te pregunté si tenías algo con alguien y me dijiste que no.
- Es que no me gusta hablar de estas cosas.
- ¿No te gusta decir la verdad?
Qué pequeña me sentí. Qué ridícula. Me entraron unas ganas
enormes de vomitar. De llorar. De salir corriendo. De buscar a Afrodita e ir a
reclamarle. De arrancarme las flechas del puto cupido y lanzárselas al corazón.
Me cago en el amor. Me cago en los hombres. Me cago en mí misma. Tan inocente,
tan crédula, tan de todo lo que me creo que no soy.
Un desamor a los 34 se siente exactamente igual que con 15.
La incomprensión ante el mundo. La duda existencial de qué
hago aquí. El flagelo de no ser suficiente. No es suficiente con ser guapa. Ni
con ser inteligente. Ni con nada. No soy lo suficiente para nadie. Soy un
juguete precioso. Por eso todos quieren jugar conmigo. Soy el centro del
escaparate. Todos quieren la foto conmigo. Pero nadie me lleva a casa. Nadie
quiere un juguete roto. Quizás es por eso. Se ven demasiado todos mis rotos,
mis descosidos incosibles. Estoy ciega. No veo nada. No me veo a mí. Exactamente
igual que el resto.